—Gracias, señora —saludó Louis acabando de levantarse—. ¡Me da la impresión de que acabáis de sacarme de un serio aprieto!
E inmediatamente y sin perder tiempo se acercó al cuerpo tendido en el suelo.
—Yo no quería matarlo —murmuró Julie.
Louis, de rodillas, examinaba al hombre inconsciente: la víctima respiraba. Levantó los ojos hacia la joven.
—No os preocupéis. Está vivito y coleando. Tiene la cabeza muy dura —afirmó.
Desató entonces un cordón de su propia indumentaria y ató a conciencia a su visitante de pies y manos. Luego justificó su premura:
—No tardará en recobrar el conocimiento y prefiero que no se mueva al despertar.
Julie, todavía temblorosa, se sentó mientras Louis actuaba con su proverbial sangre fría.