Thursday, 23 June 2011

Sin un suspiro

Sin hacer el menor ruido, agarró un pesado leño, lo levantó y golpeó violentamente la cabeza que tenía delante. El matón se desplomó sin un suspiro, soltando el arma, que hizo un ruido sordo al caer al suelo.


             —Gracias, señora —saludó Louis acabando de levantarse—. ¡Me da la impresión de que acabáis de sacarme de un serio aprieto!


             E inmediatamente y sin perder tiempo se acercó al cuerpo tendido en el suelo.


             —Yo no quería matarlo —murmuró Julie.


             Louis, de rodillas, examinaba al hombre inconsciente: la víctima respiraba. Levantó los ojos hacia la joven.


             —No os preocupéis. Está vivito y coleando. Tiene la cabeza muy dura —afirmó.


             Desató entonces un cordón de su propia indumentaria y ató a conciencia a su visitante de pies y manos. Luego justificó su premura:


             —No tardará en recobrar el conocimiento y prefiero que no se mueva al despertar.


             Julie, todavía temblorosa, se sentó mientras Louis actuaba con su proverbial sangre fría.

A y la

Así pues, Gaston ordenó al cochero que los llevase a la calle de los Quatre-Fils. Enfilaron el puente Saint-Michel, pasaron delante del Parlamento y a continuación atravesaron el puente del Change todavía en obras. Se hallaban de nuevo frente al Grand-Châtelet. El cochero ganó enseguida la calle del Temple por las calles de la Jabonería y la Cristalería. El trayecto fue interminable por unas calles tortuosas y abarrotadas de gente.


             Louis, que no parecía molesto por el retraso, aprovechó el tiempo para explicarle a Gaston quién era Jean de Mas.


             —Verás, los notarios están obligados a firmar conjuntamente las escrituras importantes dirigidas a sus despachos. Una vez firmadas por ambos, dichas escrituras dobles son conservadas en cada despacho, y Jean es el cofirmante habitual de mi padre. Como antes lo fue Chapelain, al que ha sucedido. Por cierto, que, indirectamente, gracias a él fui invitado a frecuentar el palacio de Rambouillet.


             —¡Cuéntame eso.

En la


             La señora Fronsac se levantó al fin para dar algunas instrucciones a la señora Mallet. En cuanto a Pierre Fronsac y su primer oficial, volvieron a sus respectivos despachos de la notaría y Louis y Gaston se quedaron por fin a solas.


             —¿Sigues pensando en presentarme en casa de la marquesa, Louis? —preguntó Gaston, enarcando las cejas y un poco inquieto por que su amigo hubiese podido cambiar de parecer.


             —¡No lo dudes! Sobre todo después de lo que nos has contado durante la comida —afirmó Louis—. De todas formas, me gustaría hacerte una pregunta. Has dicho que a François Collet lo habían matado cuando se dirigía hacia el palacio de Rambouillet. ¿Por qué no yendo hacia el Palacio del Cardenal? ¿Cómo puedes estar tan seguro?


             —En realidad, no lo sé —reconoció Gaston—. Sin embargo, se encontró la bala en el corazón de Collet y le habían disparado por la espalda. En la plaza situada a la entrada del palacio hay dos edificios con ventanas desde donde habría podido partir el tiro: el cuerpo de guardia, enfrente del porche, y el propio palacio.